martes, 5 de agosto de 2014

Mi primer té... posiblemente.

Hace ya algún tiempo, a finales de los 60, frecuentábamos un ambiente universitario bastante agitado y a la vez estimulante por Madrid. Un amigo tenía un buhardilla al lado del rastro. Allí, solíamos reunirnos para festejar nuestros momentos de gloria juvenil. Sobre todo, después de haber participado en alguna manifestación de alto riesgo, al frente de lo ácratas, que eran los anti-sistema más creativos del momento. Entre los asistentes a estas espontaneas  reuniones, se encontraba un estudiante de políticas, peruano, y fue con él, con quien descubrí el placer del té verde tostado. A diferencia de los clásico tostados japoneses, como el Kukicha, como en aquella época solo se podía encontrar algún té verde gunpowder de dudosa calidad, entonces, lo que hacíamos, era tostarlo en una sartén, removiendo a fuego lento, dejándolo enfriar y a continuación, hacíamos la infusión. Realmente delicioso para nosotros, en aquellas extraordinarias circunstancias. No recuerdo si antes o después de esta experiencia iniciática, tomábamos el té verde con hierbabuena. Pero la verdadera iniciación al llamado té Moruno, vendría, como no podía ser de otra manera, en una visita invernal al luminoso, soleado y acogedor sur de Marruecos, meses después.