Entre los escritores preferidos de mi temprana juventud se encontraba Hermann Hesse. Después de leer sus escritos más famosos, llegué a la que se considera su obra maestra, "El juego de abalorios". A pesar de los años transcurridos, aún recuerdo con bastante claridad personajes y escenas que impresionaron mi tierna conciencia, como la muerte atomizada en un haz de luces del Magister Musicae: “De
vez en cuando, Knecht trataba de que le fuera posible hacer una breve
visita al envejecido
ex Magister Musicae. El venerable anciano, cuyas fuerzas declinaban
visiblemente, y que había perdido ya por entero el uso de la
palabra, persistió en su estado de alegre recogimiento hasta el fin.
No estaba enfermo y su muerte no fue realmente un morir, sino una
progresiva desmaterialización, un desaparecer de la sustancia
corporal y de las funciones físicas, mientras que la vida se
recogía exclusivamente cada vez más en los ojos y en la leve
irradiación luminosa de la cara envejecida que se hundía”.Y, por supuesto, ese intenso desenlace final en el que se funden, en imbricada agitación, la plenitud de la vida y de la muerte, en una perfecta ceremonia de transmutación.
Pero lo que conservo, con mayor fascinación en mi memoria, es unos de los tres relatos que cierran el libro, llamados por el autor "Curricula Vitae". Cada uno de ellos está situado en culturas y tiempos diferentes de la Humanidad. Pues bien, al primero de ellos lo llama "El Hacedor de la Lluvia". La narración está situada hace miles de años y en esa época y lugar, gobernaban las mujeres y, por lo tanto, "en la familia se rendía respeto y obediencia a la madre y a la abuela; en los nacimientos valía mucho más una niña que un varoncito".
En este tipo de organización social, el personaje masculino más relevante era el "Hacedor de la Lluvia". Sobre el recaía la responsabilidad de ejercer de sabio de las estaciones climáticas, indicando el momento más adecuado para las siembras. Poner fin a las sequías e inundaciones. Y hacer de sanador para el pueblo, por medio de un conocimiento ancestral de conjuros, amuletos y hierbas medicinales. Hasta tal punto era así, que cuando ya no había más remedio, pagaba con el sacrificio de su propia vida. La palabra hacedor, por simple que parezca, indica eso, quien hace o ejecuta algo. Y ese algo, es lo que le da importancia a su hacer. Somos lo que hacemos. Y el cómo lo hacemos, nos da singularidad. En nuestra situación, el desarrollo técnico ha relegado el factor humano a un segundo plano. Curiosamente, si buscáis en la red, en inglés, lo que sería "the tea maker", aparecerán todo tipo de máquinas o artefactos para preparar el té, no siempre útiles y nunca referido a personas. En este caso, yo me he quedado con el "Hacedor del Té", sabedor de que no admite comparación y temeroso, ante la incertidumbre, de no estar preparado para tal desafío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario